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El Ego

Actualizado: 13 ene

Si me sigues en redes, sabrás que hace unos días publiqué un post hablando del Ego y me propusieron que me extendiera un poco más sobre el tema.


No voy a entrar en disquisiciones sobre el ego desde la psicología, del psicoanálisis, la filosofía, Jung, Freud o cualquier otro autor o disciplina, pero sí considero imprescindible tener una mínimas nociones para no perdernos.





Para la psicología, el ego es una "instancia psíquica mediante la cual una persona se reconoce 'como yo' y empieza a ser consciente de su propia identidad".


Se desarrolla en las primeras etapas de la infancia: nuestras estructuras cerebrales se van desarrollando a medida que crecemos y comenzamos a tomar consciencia de nosotros mismos, de nuestro cuerpo, nuestras sensaciones, etc.


Así, podemos decir que el ego es la conciencia que tenemos de nosotras mismas y de la identidad que mostramos a otros.


Este ego está formado por nuestras experiencias y aprendizajes, nuestras debilidades, fortalezas, miedos, percepciones, actitudes, recuerdos y temores.


Define nuestra identidad, nuestro concepto de autoestima y la importancia que nos damos a nosotras mismas


Nace y crece con cada una de nosotras como elemento necesario para desarrollar una personalidad propia y adaptativa al medio. El ego ayuda a crear personajes o máscaras diferentes que intercambiamos en función del entorno en el que nos encontremos.


La utilidad de estas máscaras es variada: nos permiten encajar en grupos sociales y sentirnos parte de ellos, ayudan a adaptarse al entorno.


Para distintas tradiciones y religiones orientales, el ego es el enemigo a batir con la práctica espiritual. Es una ilusión, el velo que empaña nuestros sentidos y que nos hace vivir y relacionarnos siempre desde el "Yo", un yo falso y creado a imagen y semejanza del exterior que nos condiciona, nos presiona y nos exige ser o parecer de una determinada manera.


Cuando comenzamos a realizar cualquier camino espiritual, muchas de nosotras lo hacemos para alcanzar la perfección, para transformarnos en aquello que soñamos ser o que deseamos ser, mejor dicho.


Creemos que estas prácticas, las que sean que resuenen con nosotras, mejorarán nuestra personalidad o nuestro carácter, que nos ayudarán a cambiar de costumbres, de alimentación, etc.


Que nos darán las soluciones que llevamos tiempo buscando y que no llegamos a encontrar.


Con la experiencia te das cuenta de que nada de eso sucede por el mero hecho de comenzar a realizar práctica espiritual alguna, que si esperas que las soluciones vengan de fuera, mejor te sientas y te pides algo.


El ego es un yo artificial creado por la familia, la sociedad y la cultura. Una máscara, una cara más sobre muchas otras caras.

A. Jodorowsky.


Probablemente hayas escuchado o leído infinidad de veces que la culpa de todos los males de la sociedad la tiene el Ego y que la espiritualidad persigue, entre otros objetivos, eliminar el ego de cada una de nosotras.


Que, cuando lo hayamos conseguido, cuando hayamos eliminado a nuestro ego, podremos vivir y relacionarnos desde el amor, la compasión y la aceptación.


Y vivieron felices y comieron perdices.


Personalmente, creo que si algo nace y crece conmigo es por y para algo. Igual que no elimino mis pensamientos o deseos más oscuros trepanándome el cerebro, no creo que la solución sea "extirpar" el ego.


Como siempre, el truco está en el equilibrio.


En no dejarme llevar por esos dos lobos que moran en mi interior, ese ego negativo o ese ego positivo, entendiendo por negativo el egoísta y por positivo el generoso, aclarando que el egoísta se pasa tres pueblos y el generoso otros tantos, cada uno por su lado.


Hemos de encontrar el equilibrio entre un ego preocupado sólo por sí mismo por encima de todo lo demás, que hará lo que sea necesario para mantenerse en el lugar privilegiado que le corresponde, que aplastará a quien se oponga, a quien le haga daño, a quien lo cuestione y ese otro ego entregado a velar por los demás, poniendo siempre por delante las necesidades del otro, sus deseos, buscando siempre complacer, ignorando sus emociones y sentimientos para no herir.


Ambos egos son insanos. Ambos están heridos.


Ambos se encuentran en el mismo lugar oscuro. Ambos están perdidos.


Uno de los problemas que he encontrado en la búsqueda de ese equilibrio es que, en según qué ámbitos, cada uno de estos extremos insanos, el egoista y el generoso, está bien visto y es lo que se espera de ti.


En el mundo empresarial, en el que me he movido durante muchos años, no ser esa persona que lucha con uñas y dientes por lo que le corresponde, está mal visto. No vivir desde el ego egoísta es poco menos que no tener ambiciones, no valer.


Por supuesto, en este mismo entorno, vivir desde su opuesto, el ego generoso, es asegurarte que te van a tratar de tonta, de buena, de pánfila, etc. Y que se van a aprovechar de ti tan pronto puedan, porque lo hacen.


Saliendo de esos lugares ponzoñosos y entrando en el ámbito espiritual (odioso nombre, pero para que sepas por dónde voy) encontré que las cosas funcionaban justo al contrario.


Que lo que se "premiaba" era vivir desde el ego generoso, siendo y estando para las demás, pendiente de sus necesidades, anticipándome a ellas, buscando su bienestar.


Dejar de ser la loba feroz me costó lo mío, pero en ese lugar de "falso buenismo" me sentía igual de incómoda que me había sentido teniendo que luchar cada minuto de cada día por mantenerme en un determinado nivel laboral.


El ego es solo una ilusión, pero muy influyente. Permitir que la ilusión del ego se convierta en tu identidad puede impedir que conozcas a tu verdadero Yo.

W. Dyer


¿Éramos mi Ego y yo que no encajábamos?


Así lo sentí durante bastante tiempo. Sentía que quien yo era (mi ego) no encajaba en ninguno de estos lugares.


Hasta que me di cuenta de que ninguno de esos lugares era donde yo quería estar. Que ni siquiera quería encajar en ellos. Y mucho menos Ser.


Leí, busqué, pregunté y no encontraba las respuestas que creía que me darían la clave.


Hasta que aprendí a meditar.


Lo hice de forma autodidacta primero, practiqué distintos tipos de meditación, más tarde encontré Maestros que me enseñaron a experimentar cosas increíbles, desde lugares completamente diferentes.


Vi y observé.


Oí y escuché.


Me vi.


Me observé.


Me oí.


Me escuché.


Y me di cuenta de muchas cosas que no voy a intentar explicar con palabras pero que me cambiaron cual calcetín dado la vuelta.


En aquellos parajes descubrí a mi ego, vi las máscaras, los personajes, qué hizo que fueran necesarios, qué los construyó en la forma que tenían, qué necesidades me hicieron mantenerlos allí, qué aprendizajes me permitían despedirlos.


También supe que ya no eran necesarios. Solté su carga que era la mía.


Liberé el ego y encontré el Ser.


El ego es como tu perro. El perro tiene que seguir al amo y no el amo al perro. Hay que hacer que el perro te siga. No hay que matar al perro, hay que domarlo.

A. Jodorowsky


Comencé a vivir desde otro lugar. A experimentar las cosas de otra forma. A sentir otras cosas.


No te vayas a creer que eso me hizo eliminar los errores, dejar de meter la pata o que me convertí en un espíritu puro.


Nada más lejos de la realidad.


Seguí y sigo cagándola. La diferencia es que ahora puedo ver cuándo, cómo, dónde y porqué la cago.


Por supuesto que esta liberación tampoco significa, ni de lejos, que haya encontrado el equilibrio, ni en lo relativo a mi ego ni en nada.


Significa que sé algo más sobre mi y que me entiendo algo mejor.


Que soy capaz de darme cuenta (a veces a toro pasado, qué le vamos a hacer) de por qué me pincha lo que me pincha.


De por qué me sigue saliendo el Caballero de la Blanca Armadura, aunque lo controle.


De lo necesario que fue acudir a terapia para poner todas estas cosas en su lugar, en Mi lugar.


Mi ego sigue por ahí.


No he hecho ni creo que haga nada por anularle o trascenderle.


Es una parte de mi que me ayudó a sobrevivir cuando fue necesario.


Es una parte de mi sin la que no sería quien soy ni estaría aquí donde me encuentro.


Y esto, de nuevo, no significa que dentro de dos años, a dos meses, observe y escuche