Cuando la avaricia rompió el vínculo.

¿En qué momento empezamos a creer que la Tierra nos pertenecía, que podíamos hacer con ella lo que nos diera la gana?

¿Cuándo decidimos que podíamos quemarla, abrirla en canal, saquearla, exprimirla hasta dejarla seca y aún así asumir que seguiría de nuestro lado, incondicional, silenciosa, obediente?

Como si la Tierra alguna vez hubiera sido obediente.

Hubo un tiempo, no tan romántico como nos gusta imaginar, pero sí más honesto, en el que la relación entre el ser humano y la Tierra era de simbiosis, no de dominio.

La  habitábamos y ella respondía con generosidad: alimento, agua, refugio, ciclos claros. Nosotras, a cambio, no le incordiábamos en exceso.

No era naturaleza, no era un lugar al que acudir, era casa, cuerpo, madre, aliada. No había separación clara entre nosotras y Ella.

Entonces, ¿Cuándo empezó a torcerse todo?

No hay un único momento exacto, pero sí varios puntos de inflexión.

Uno de los primeros fue la llamada Revolución Neolítica, cuando dejamos de movernos con los ritmos de la Tierra y decidimos fijarla, domesticarla, ordenarla.

Cuando pasamos de ser cazadoras-recolectoras a asentarnos y nos volvimos sedentarias apareció un nuevo concepto tremendamente peligroso: la propiedad.

El suelo dejó de ser tránsito y pasó a ser territorio. Se midió, se delimitó, se defendió. Se comenzó a morir y a matar por él.

La semilla ya no era un don compartido, sino una inversión, dejó de ser un regalo y pasó a ser propiedad.

Muros, vallados, lindes y fronteras, así nació la idea peligrosa de que la Tierra podía poseerse.

Renunciando a los orígenes.

Sin embargo, las creencias religiosas de aquel tiempo no acompañaban todavía esa ruptura: nuestras antepasadas eran animistas, politeístas, profundamente conectadas con los ciclos naturales.

Las primeras comunidades agrícolas del Creciente Fértil o los pueblos megalíticos europeos rendían culto a la Gran Diosa, a la fertilidad, a los ciclos de muerte y renacimiento.

La Tierra no era un objeto si no algo sagrado: se pedía permiso, se agradecía, se buscaba reparar los desajustes y desequilibrios.

Devocionaban y servían a Diosas de la fertilidad, espíritus del agua, de los bosques, del grano, del trueno o la tormenta, sosteniendo la antigua relación que nuestras primeras antepasadas crearon.

Se sabía que tomar sin devolver tenía consecuencias.

Durante mucho tiempo mantuvimos esa conciencia de dependencia, de que era Ella quien nos ayudaba y nos permitía habitarla.

La grieta se hizo más profunda poco a poco y termino de resquebrajarse cuando empezamos a colocarnos por encima.

Cuando el Templo dejó de estar en el bosque, alrededor de los árboles o en ellos mismos, cuando arrancamos piedras del vientre de la madre para intentar acercarnos al padre.

Cuando ciertas narrativas de índole religiosa, filosófica o económica plantaron y abonaron la idea de que el ser humano era el centro, el elegido, el dueño.

En muchas culturas antiguas, ese giro se consolida con sistemas jerárquicos, imperios y religiones que separan lo divino de lo terrestre.

El espíritu arriba. La materia abajo. El cielo manda. La Tierra obedece.

En la tradición judeocristiana, por ejemplo, la frase del Génesis “Dominad la Tierra” se interpretó durante siglos como licencia para explotar, no para cuidar, no para custodiar sino para dominar

El pensamiento griego clásico también aportó lo suyo: Platón y Aristóteles colocaron el mundo de las ideas por encima del mundo material, relegando al olvido a la Tierra, convirtiéndola en poco más que el soporte para la vida.

Lo terrestre se volvió imperfecto, inferior, algo que usar, no que escuchar, una herramienta no un ser vivo.

La Tierra dejó de ser sujeto para convertirse en objeto, algo que exprimir correcta, eficiente y productivamente

Dejamos de ser humanas, nos volvimos avariciosas.

Y entonces ocurrió la mutación: el ser humano dejó de ser humano y se volvió avaricioso.

Aunque la avaricia no apareció como un monstruo repentino: se normalizó, se volvió virtud, tener más pasó a significar valer más.

Poco a poco, poseer más de lo necesario dejó de verse como un desequilibrio y empezó a considerarse éxito.

Acumular pasó de ser una señal de miedo a una señal de poder.

Ya no se trataba de vivir bien, sino de tener más.

Más tierras. Más ganado. Más oro. Más control.

Sobre todo, más que mi vecina, más el pueblo de al lado, más que otros países.

Dejamos de compartir con quienes menos tenían, de celebrar y agradecer a la Madre los frutos que nos regalaba.

Poco importaba si la tierra de al lado se quedaba sin agua mientras la mía estuviese bien regada, el desequilibrio creció y se normalizó de la mano de la avaricia.

La relación con la Tierra como algo sagrado a lo que reverenciar y agradecer fue desapareciendo paulatinamente.

La llegada de las máquinas.

La Revolución Industrial fue el golpe definitivo: en los siglos XVIII y XIX la Tierra fue destripada, abierta en minas, de carbón, hierro, los ríos convertidos en cloacas, el cielo ennegrecido.

La máquina rompió los ritmos naturales y el ser humano aplaudió, dándole la bienvenida al progreso, a la civilización definitiva.

Por fin ya no dependíamos de los ciclos: los forzábamos. Teníamos el control.

Ahí la Bruja ya estaba fuera del sistema, alejada del entorno natural, perseguida largo tiempo, quemada, ridiculizada, silenciada.

Ignorada por la «nueva» medicina, esa que le robó todo su saber y se lo entregó a hombre, al médico, al boticario.

Repudiada por los antiguos habitantes de las aldeas, convertidas ahora en humeantes ciudades, en pantanos de negro color y hediondo aroma.

Todo porque la bruja recordaba lo que debía ser y sabía que estábamos rompiendo el vínculo con la Tierra, a fuerza de palos y malos tratos.

La Tierra ya no hablaba: se la hacía callar, y nosotras aprendimos a no escuchar.

En palabras de Silvia Federici:

«La caza de brujas fue un elemento imprescindible para instaurar el sistema capitalista moderno, ya que cambió las relaciones sociales, empezando por las relaciones entre mujeres y hombres y mujeres y Estado.

La caza de brujas debilitó la resistencia de la población a las transformaciones que acompañaron el surgimiento del capitalismo en Europa: la destrucción de la tenencia comunal de la tierra; el empobrecimiento masivo y la inanición y la creación en la población de un proletariado sin tierra, empezando por las mujeres más mayores que, al no poseer una tierra que cultivar, dependían de una ayuda estatal para subsistir.«

No se trata ya sólo de la separación del ser humano de la Tierra sagrada, si no de comenzar a utilizarla como sistema de control sobre el individuo, más específicamente, sobre la mujer.

Recolecta manual del cereal.

En aquél momento, la Bruja eligió retirarse, no por su propio deseo sino por supervivencia.

Se escondió en lo profundo del bosque, se camufló como pudo, reconvirtiéndose en la abuela que quita las verrugas, en la tía que cura el empacho, en la vieja que te saca de líos cuando eres muchacha, vosotras ya me entendéis.

La Brujería calló, sobreviviendo apenas en antiguos linajes, rodando de boca en boca, de pueblo en pueblo, siempre perseguida, siempre temida y temerosa.

Sosteniendo a duras penas el vínculo, agradeciendo en bajito, encendiendo velas con disimulo.

Aunque esos tiempos han pasado ¿no?

Nos toca pagar el precio.

Hoy vivimos las consecuencias.

Crisis climática, agotamiento de recursos, cuerpos cansados, almas desconectadas.

Nos sorprende que la Tierra reaccione, como si nos estuviera traicionando, provocando los incendios que devastan cientos de hectáreas cada verano, o las Danas y las inundaciones, pensando siempre que nosotras somos las víctimas.

Lo que la Tierra hace es ser coherente: no se puede romper un vínculo creado y sostenido durante siglos y esperar gratitud.

Desde las Brujas que fuimos, que somos, el problema nunca fue la agricultura, ni la tecnología, ni siquiera el progreso.

El problema fue romper primero y olvidar después el pacto.

Olvidar que toda toma exige reciprocidad.

Que el equilibrio no es poesía: es ley.

Que todo exceso se paga.

Que no hay extracción sin deuda.

Olvidar que todo vínculo exige respeto.

Que la Tierra no es un escenario, sino un ser vivo con memoria.

Deforestación en el la selva amazónica 2025

La tarea que nos corresponde.

La Tierra no necesita que la salvemos, necesita que dejemos de comportarnos como si fuéramos sus amos.

No se trata de volver atrás, nadie quiere perder todo lo conseguido ni renunciar a comodidades que ya consideramos básicas, se trata de recordar.

De recuperar la conciencia ritual en lo cotidiano. De escuchar los ciclos, respetar los límites naturales, no los impuestos, de devolver algo de lo mucho tomado.

De volver a escuchar.

De dejar de comportarnos como dueñas y empezar a actuar como parte de algo mucho más grande e importante que nosotras.

Menos conquista y más reciprocidad, menos avaricia y más cuidado.

Porque cuando la avaricia rompió el vínculo, no solo dañamos a la Tierra, nos rompimos a nosotras mismas.

¿La buena noticia? que los vínculos rotos pueden sanarse.

No podemos hacerlo solas, hay demasiados granos de arena que juntar.

Precisamos del grupo, de la acción colectiva, del despertar urgente de las masas.

Necesitamos consciencia, conciencia y responsabilidad.

Necesitamos que todas las Brujas despierten, las que fueron perseguidas y siguen asustadas; las que tuvieron que esconderse y obligaron a olvidar; las que siguieron trabajando bajo otros nombres y otras aptitudes; las que se rebelaron y fueron castigadas, nos necesitamos a todas y cada una de nosotras.

Es el momento de dejar de pensar que un grano de arena no hace daño y entender que son muchos granos, unidos, los que paran las máquinas.

No importa cuál haya sido tu Camino, el objetivo es común, transitamos todas los mismos paseos, las mismas calles, las que levantamos sobre la piel de la Madre y es a Ella a quien queremos recuperar porque su sufrimiento es el nuestro.

Nosotras le infligimos el dolor que siente y en nuestra mano está solucionarlo, ponerle todo el freno que podamos.

No será cuestión de un día, ni de una década y muchas piensan que no tiene sentido, que ya es tarde.

A esas les digo: las revoluciones no surgieron de la nada, los cambios se trabajan, se construyen y, si hace falta, se pelean y se luchan uno a uno. No se trata de querer cambiarlo todo ahora, ya, con la urgencia que el darse cuenta te pide.

Se trata de cambiar tú para influir a otras, a las más cercanas y que ellas hagan lo propio, hasta que seamos una inmensa playa de diminutos granos que se extienden hasta el horizonte.

No tengas prisa pero no te pares, recuerda siempre disfrutar del Viaje.