El día que nos creímos superiores.

No sé en qué momento exacto ocurrió, probablemente porque nunca hubo un momento exacto.

No amanecimos un día convencidas de que éramos superiores al resto de cuanto estaba vivo, ni hubo una reunión en la que alguien decidiera que la Tierra estaría debajo y nosotras encima.

Como si la Tierra alguna vez hubiera sido sólo lo que está bajo nuestros pies.

Fue mucho más lento que eso: siglos de pensamiento, religión, filosofía, economía y poder construyendo una misma idea hasta conseguir que pareciera evidente, que nosotras éramos una cosa y el mundo, otra.

Esta es una de las ideas más peligrosas que hemos creado y nos hemos creído a pies juntillas, porque nunca fue verdad.

Durante siglos nos domesticaron hasta hacernos mirar hacia arriba para encontrar lo sagrado, alejándonos lentamente de los bosques, de las catedrales de rama y hoja.

Arriba estaba Dios, el Cielo, la trascendencia, la perfección a la que debíamos aspirar, la pureza, el bien; abajo quedaba la Tierra, la carne, el dolor, el pecado, la descomposición y la muerte.

Arriba, el espíritu; abajo, la materia.

Y no tardamos demasiado en decidir cuál de los dos debía gobernar al otro.

Cuando empezamos a mirar el mundo desde arriba.

Buena parte de la filosofía occidental contribuyó a levantar esa frontera.

Platón imaginó una realidad perfecta más allá del mundo sensible, y después llegarían otras filosofías, teologías e instituciones que profundizarían, de maneras diferentes, en la separación entre cuerpo y espíritu, humanidad y naturaleza, razón e instinto.

Ninguna de ellas, filosofías, teologías, religiones o instituciones, inventaron por sí solas nuestra desconexión, sería demasiado sencillo culpar a un filósofo, a una religión o a un libro, pero entre todos ayudaron a construir el mundo desde el que todavía pensamos, un mundo organizado mediante jerarquías.

Y las jerarquías tienen una particularidad bastante conveniente para algunos: quien ocupa la parte superior acaba creyendo que estar arriba no solo significa tener más poder, sino valer más.

El hombre blanco se colocó allí y desde arriba comenzó a mirar a la Tierra con ojos avariciosos.

Los animales se convirtieron en carneLos bosques, en maderaLos ríos, en agua aprovechableLas montañas, en mineralesEl Territorio, en propiedad.

Incluso hemos llegado a hablar de «recursos naturales» con absoluta normalidad, como si un bosque hubiera esperado millones de años a que apareciéramos nosotras para encontrar por fin su utilidad.

Como si necesitara tener alguna para Ser.

APRENDE BRUJERÍA, como ser bruja, bruja de ciudad
Vista de los Alpes en otoño

El cuerpo también tenía que ser domesticado.

Pero para sostener esa historia no bastaba con separar al ser humano de la Tierra.

También hubo que separarnos de aquello que, dentro de nosotras, seguía recordándonos que esa división era imposible.

El cuerpo fue uno de los primeros territorios sospechosos. Y el cuerpo femenino lo fue especialmente.

Un cuerpo que sangra siguiendo ritmos que el hombre no ha inventado ni puede controlar.

Un cuerpo que puede gestar. Parir. Alimentar

Un cuerpo atravesado de manera evidente por ciclos que ningún sistema humano puede abolir.

Durante siglos, buena parte de aquello relacionado con ese cuerpo fue ocultado, regulado, medicalizado, vigilado, considerado impuro o convertido en motivo de vergüenza.

Junto al cuerpo femenino quedó bajo sospecha todo un territorio simbólico: la intuición, la noche, lo salvaje, el deseo, la sexualidad, el conocimiento transmitido entre mujeres, las plantas, los remedios, la muerte, los ciclos.

Y, en mitad de ese Territorio, aparecimos nosotras.

Las Brujas.

No necesito inventar una genealogía perfecta de mujeres sabias viviendo en armonía con los bosques para comprender lo que significa.

La historia real es bastante más compleja.

Las mujeres acusadas de Brujería no fueron todas curanderas, ni parteras, ni sacerdotisas clandestinas de antiguas religiones; muchas fueron simplemente mujeres atrapadas por conflictos religiosos, económicos, sociales y políticos.

Algunas fueron pobres, otras viudas, todas incómodas, otras tuvieron la desgracia de encontrarse en el lugar equivocado cuando alguien necesitaba un culpable.

Precisamente por eso me interesa todavía más la Bruja, porque sobrevivió incluso a su propia invención como monstruo.

Tomaron una palabra y la llenaron de todo aquello que una mujer no debía ser: demasiado independiente, demasiado vieja, demasiado sexual, demasiado sabia, demasiado solitaria, demasiado libre, demasiado ingobernable.

Y consiguieron algo extraordinario: convertir a una mujer en amenaza simplemente diciendo que era una Bruja.

Durante siglos esa palabra sirvió para señalar, para crear estigma, para amedrentar, amenazar y someter.

Hoy algunas hemos decidido habitarla, recuperar el Poder que se le dio y utilizarlo en nuestro beneficio.

Pero recuperarla no consiste en disfrazarnos de una mujer que vivió hace quinientos años, ni en imaginar un pasado, ni siquiera necesariamente en practicar Brujería.

Porque antes de la Brujería está la Bruja, y esa diferencia lo cambia todo.

Soy de las que creen que con cada mujer nace una Bruja y ella y sus circunstancias son las que permiten que esa Bruja despierte, se desarrolle y sea expresada en libertad.

No hablo de una Hechicera, no de alguien que sabe hacer Rituales, lanzar Trabajos o encender una vela con una intención determinada, todo eso puede aprenderse: la Hechicería se aprende.

La Bruja se reconoce, ahí está la diferencia.

Ser Bruja y practicar la Brujería es una forma de estar y de pertenecer al mundo, una memoria profunda de que nuestro cuerpo no termina exactamente donde acaba nuestra piel porque para existir necesitamos permanentemente de aquello que está fuera de ella: aire, fuego, tierra, agua, alimento, calor, Territorio, otros cuerpos, otros seres.

La Bruja sabe, aunque haya olvidado que lo sabe, que la independencia absoluta es una fantasía, que vivir significa depender, intercambiar, recibir, devolver.

Por eso recuperar a la Bruja no me parece una cuestión estética ni una moda espiritual, sino una de las respuestas posibles a nuestra desconexión.

Nunca hemos estado fuera.

Porque no necesitamos aprender a «conectar con la naturaleza», necesitamos recuperar una conexión que nunca dejó de estar ahí

¿Desde dónde vamos a hacerlo? ¿Desde fuera? Nunca hemos estado fuera.

Puedes vivir en el centro de una ciudad, subir en ascensor, trabajar delante de una pantalla, comprar verduras envueltas en plástico y pasar semanas sin pisar un bosque, y sigues dependiendo de la Tierra para cada respiración.

La ciudad no está fuera de la Naturaleza.

Nosotras tampoco.

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Parque del Oeste de Madrid - A. Dellanotte

Lo que hemos perdido no es la conexión, es la conciencia de pertenencia.

Y eso tiene consecuencias, porque cuando no reconoces aquello a lo que perteneces puedes empezar a tratarlo como si fuera ajeno.

Explotas el suelo que te alimenta, contaminas el agua que después tendrás que beber, destruyes ecosistemas de los que depende tu propia supervivencia, consumes como si nada tuviera un origen ni un final, desechas como si las cosas pudieran desaparecer, y llamas progreso a conseguir que las consecuencias ocurran suficientemente lejos como para no tener que mirarlas.

Hasta que dejan de ocurrir lejos y comienzan a llamar a tu puerta.

Entonces llegan los incendios de sexta generación, las sequías, las inundaciones, las temperaturas imposibles, los suelos agotados, la desaparición de especies. Y hablamos de la Tierra como si estuviera vengándose.

Pero no se está vengando. Está reaccionando.

La Tierra no necesita castigarnos porque Ella no funciona según nuestra moral. Somos nosotras quienes necesitamos comprender nuevamente dónde están los límites. Hasta dónde es lícito llegar y cuándo debemos detenernos.

El problema es que hace ya años que debimos habernos detenido. Y seguimos.

Y aquí la Bruja tiene algo importante que recordar, no porque posea poderes secretos, ni porque sea moralmente superior, y desde luego no porque las mujeres vayamos a salvar el planeta mientras los demás observan, sino porque la Bruja representa exactamente aquello que nuestra cultura intentó apartar: una identidad construida desde la relación y no desde el dominio.

Una Bruja no está por encima del Territorio, está en él. No ordena a la Tierra, trabaja con ella. No considera que tener poder le conceda derecho sobre todo cuanto la rodea; sabe que el poder aumenta la responsabilidad y actúa en consecuencia.

Por eso recuperar a la Bruja que nace con cada mujer significa también recuperar una determinada manera de mirar: mirar un árbol y no ver solamente madera, mirar una planta y no ver solamente sus propiedades, mirar un animal y no preguntarnos inmediatamente para qué nos sirve, mirar un río y comprender que su valor no empieza cuando necesitamos beber de él,  mirarnos a nosotras mismas sin imaginar que somos la culminación de nada.

Quizá esa sea una de las cosas que más necesitamos desaprender: no somos la cúspide, no somos el centro, no somos dueñas, somos parte.

Una especie joven viviendo en un planeta que existió miles de millones de años antes de nuestra llegada y que continuará transformándose cuando nosotras ya no estemos.

Y, curiosamente, reconocer nuestra pequeñez no disminuye nuestra importancia, la coloca en su sitio, porque pertenecer implica responsabilidad: con el Territorio que habitamos, con quienes lo habitaron antes, con quienes lo compartirán después, con los seres humanos y no humanos con los que estamos conviviendo ahora.

No se trata de volver atrás.

Tal vez por eso reconocer a la Bruja sea también un acto profundamente contemporáneo: no se trata de regresar a ninguna parte, yo no quiero volver a un pasado imaginario, quiero avanzar, pero quiero hacerlo recordando.

Recordando que el cuerpo es Territorio, que la ciudad es Territorio, que aquello que comemos tuvo una vida antes de llegar a nuestras manos y que debe ser tratado con respeto, que nuestros residuos no desaparecen cuando sale el camión de la basura, que cada comodidad tiene un coste en algún lugar, que todo cuanto tomamos procede de algo, y que pertenecer a la Tierra significa asumir nuestra parte en esa relación.

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Eso no implica tener que vivir en una cabaña, ni abandonar la tecnología, ni idealizar lo salvaje. Requiere algo bastante más difícil: dejar de considerarnos superiores.

Quizá por eso las Brujas volvemos a resultar incómodas para algunos, porque después de siglos intentando convertirnos en caricatura, decoración, fantasía o amenaza, todavía conservamos una pregunta capaz de desmontar muchas cosas: ¿Qué ocurre cuando dejamos de vivir como propietarias y empezamos a vivir como parte integrante?

No tengo una respuesta sencilla, pero sí sé una cosa: cada mujer que reconoce a la Bruja que ya existe en ella, recupera una parte de esa memoria de pertenencia.

Después podrá estudiar Brujería, podrá aprender Hechicería, podrá practicarlas o decidir que no quiere hacerlo nunca. Eso vendrá después.

Primero está ella: la que mira alrededor y reconoce Territorio, la que mira su propio cuerpo y reconoce Naturaleza, la que no necesita dominar aquello que ama.

Tal vez el gran error no lo cometimos el día que dejamos de mirar hacia abajo, sino el día que miramos la Tierra bajo nuestros pies y decidimos que estar encima significaba ser superiores.

Desde entonces hemos intentado vivir como si pudiéramos independizarnos de ella.

No lo hemos conseguido, nunca lo conseguiremos, por más que nos empeñemos en enviar cohetes a Marte porque nunca estuvimos separados.

Nunca nos fuimos, sólo olvidamos.

Olvidamos a qué pertenecíamos, y quizá reconocer de nuevo a la Bruja sea una de las maneras de recordarlo.

Entendiendo siempre que de este Viaje, se puede disfrutar.

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