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  • Bruja de Ciudad

El Huevo y su simbolismo

Los orígenes mitológicos del Huevo de la Creación.

Estamos ya inmersxs en el cambio a la Primavera, la época luminosa comienza, trayendo a la superficie toda la Vida que latía bajo la Tierra.


Uno de los símbolos más reconocibles de este momento del año, Ostara – equinoccio de primavera – Pascua cristiana (retomo las comparaciones o, más bien, las apropiaciones) es el huevo de Pascua. Si haces una somera búsqueda en internet, verás que el huevo aparece en cientos de cuentos, mitos y leyendas como símbolo de creación, de resurrección, de renacimiento. El concepto del Huevo Cósmico o Huevo del Mundo se puede ver en las cosmogonías de infinidad de culturas como representación del comienzo, el nacimiento, la Magia y el Misterio de la Vida.

Podemos remontarnos al antiguo Egipto, en donde el huevo es el origen del mundo y estaba relacionado con la inmortalidad y con el concepto de repetición del acto creador. El huevo era contemplado como un receptáculo hermético y misterioso del que surge la Vida sin la aparente intervención de ningún otro elemento, es la representación física de la vida y se convirtió en un símbolo cósmico. Distintas leyendas hablan del huevo como el lugar del que nace Ra, Nefertum, Path, Harsomtus… A lo largo del tiempo y de los cambios que la mitología egipcia experimenta, el huevo como elemento de Creación y Vida se mantiene constante.

En la mitología japonesa, el principio de todo se concentró en un huevo que contenía el principio femenino y el principio masculino, el conocido Yin/Yan. Cuando el huevo se rompió, la parte más ligera y pura se elevó, convirtiéndose en el Cielo, mientras que la parte más pesada descendió y se convirtió en la Tierra. Sigue manteniéndose la creencia de que comer los llamados “huevos negros” incrementa en 7 años tu esperanza de vida, de nuevo el huevo se conecta con la vida, en este caso a través de la longevidad.


“Cuando el cielo y la tierra no estaban todavía divididos, yin y yang tampoco estaban separados, su masa caótica era como un huevo de gallina, indeterminado e ilimitado, y contenía un germen. Lo puro y claro se extendió de forma tenue y se convirtió en el cielo: lo pesado y turbio se depositó y se convirtió en la tierra. Al unirse lo tenue y maravilloso, la concentración fue fácil; al fortalecerse lo pesado y turbio, la solidificación resultó difícil. Por eso surgió primero el cielo y luego se formó la tierra. A continuación generaron entre ambos a los seres divinos.”

– extracto del Nihongi, uno de los textos japoneses que relatan el origen del mundo-


La mitología china habla de un evento muy similar: en un principio, cielo y tierra eran uno, unidos en un estado caótico. El universo se representaba como un enorme huevo negro en cuyo interior se encontraba P'an-Ku (primer ser vivo y dios creador) que, tras un largo sueño, despertó y, con su enorme hacha, rompió el huevo. En ese instante, la Luz, la parte más clara contenida en el huevo, ascendió y formó los Cielos, la materia fría y turbia permaneció debajo formando la Tierra.


Algunas mitologías nórdicas hablan también del huevo como origen del mundo: el Kalevala finés cuenta la leyenda de Ilmater la Creadora del Universo y de cómo, incapaz de encontrar un lugar de descanso, flotó sobre las aguas durante siete siglos hasta que un pato que tampoco encontraba un buen lugar para plantar su nido eligió una de las rodillas de la diosa para hacerlo. Puso 7 huevos que incubó 3 días, cuando la diosa sintió el calor de los huevos, se movió y estos cayeron al océano. De las yemas surgió el sol; de las claras, la Luna; de la parte superior de la cáscara, la bóveda celeste; de la mitad inferior brotó la tierra.


Como ya he dejado claro, el Huevo es símbolo de renacimiento, el origen de la vida, que éste sea una de las herramientas fundamentales en la celebración del equinoccio de primavera, que festeja la “vuelta a la vida” de la Naturaleza, de la Madre Tierra y de todxs sus pobladorxs, parece más que lógico. Remontándonos, de nuevo, a las cosmogonías antiguas, las religiones asociadas a ellas también celebraban la fiesta de la primavera: el momento del renacer, de la explosión vital, de la fertilidad, y en esas celebraciones el huevo aparece como elemento básico de todo lo que la fiesta representa, decorándolos con vivos colores como amuletos; cocinándolos para comerlos y llevar al cuerpo la energía del equinoccio; regalándolos para aportar felicidad, fertilidad y salud…


Lo que ha llegado hasta nuestros días en nuestro país, se bifurca en dos corrientes bien diferenciada: las celebraciones paganas de Eostre – Ostara y la Pascua cristiana que, como ya sabemos, se trata de una asimilación de la festividad pagana.


Para poner un poco en situación y confirmar esa asimilación que el cristianismo hace, sólo un dato: la Pascua, según estableció el Primer Concilio de Nicea, originalmente se celebraba el primer domingo después de la primera luna llena posterior al 21 de marzo o ese mismo 21 de marzo si fuera luna llena. Más claro, agua, puesto que el 21 de marzo (aproximadamente) es el comienzo del año astrológico y el día del equinoccio, celebrado desde hace miles de años. El Huevo Cósmico se transforma en Cristo resucitado.

Celebres lo que celebres, ya sea Ostara, Eostre, la Pascua cristiana o la judía, recuerda lo que festejas: el renacer, la vuelta a la Vida, la resurrección. La Primavera ha llegado, trayendo la Luz. Enfoca y conecta cualquier trabajo que vayas a realizar con esa energía impulsora, planta, trae a tierra tus ideas, pon en marcha los proyectos en los que has estado trabajando durante la época oscura. Disfruta.


Feliz Ostara.

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